12 mar. 2010

Nazismo y Holocausto en el cine

El teclado invitado de hoy es Angel Rodríguez Escribano, alumno que obtuvo una matricula de honor el pasado cuatrimestre en la asignatura Historia y Teoria de los Derechos Humanos.



I. PRESENTACIÓN

Cuando el Profesor Dr. D. Pablo Raúl Bonorino nos encargó, como última tarea del Curso de Derechos Humanos, la elaboración de un breve estudio sobre la Visión que han mostrado el mundo del Cine sobre el Nazismo y el Holocausto, pensé en preparar un ambicioso trabajo en el que reuniría las mejores críticas y observaciones sobre el tema. Sin embargo, ante la dificultad de escribir algo original y “fresco” sobre un tema tan trillado y recurrente decidí intentar escribir algo mínimamente original, o cuando menos, algo “propio”. Por este motivo he prescindido de consultar mucha bibliografía y el trabajo que ofrezco a consideración del Profesor es un escrito sencillo y no un importante estudio fruto de una investigación erudita.

El presente trabajo abarca todas las películas que han sido proyectadas en el marco del Curso de Derechos Humanos si bien he considerado de interés añadir algunas referencias cinematográficas más de películas que tocan esta misma temática, para así dar al trabajo una mayor perspectiva de conjunto y profundidad.

II. EL EXPERIMENTO.

“El experimento” es una película alemana del año 2001 que se inspira en el famoso experimento celebrado por Philip Zimbardo en la prisión simulada de Standford en 1971.

En esta película la acción se sitúa en el tiempo presente si bien hay alguna referencia al nazismo. En concreto hay un momento en el que el líder de los guardas de seguridad, Berus, es acusado de ser “nazi”. El insulto “nazi” es casi el peor que se le puede imputar a una persona que ejerce una autoridad ya que remite a la idea de un poder arbitrario, cruel y absolutamente inhumano. En la actualidad se asimila el término “nazi” a un insulto grave y cuando se califica así a una persona se puede considerar una injuria grave, tal es la imagen del nazismo que ha quedado para la posteridad.

También podemos especular con el hecho de que el Doctor Klaus, el científico eminente que dirige todo el experimento, es una especie de trasunto, salvando las distancias, del Doctor Menguele del nazismo, pues ambos comparten un interés “malsano” por la ciencia sin importarles el medio utilizado para llevar a buen término sus investigaciones.

III. LA OLA.

“La ola” como vimos en su momento se trata de un filme germano de 2008 que actualiza, situándolo en la actualidad, el experimento llevado a cabo por un Profesor norteamericano que se propuso en 1967 mostrarles a sus alumnos que sí era posible el regreso de un régimen autoritario como el nazi y además que fuese aceptado de buen grado.

El Profesor que toma la iniciativa del experimento en esta película trata de enseñarles a sus alumnos que lo que sucedió en Alemania no es una película en blanco y negro ya superada, sino que podría volver a pasar. Los jóvenes estudiantes contemplan el nazismo como una historia que aparece en los libros de texto (estamos en 2008 en la película y el III Reich capitula en 1945) y la labor del Profesor es demostrarles que ciertos conceptos del autoritarismo siguen muy vivos y pueden reeditarse y reaparecer renovados bajo otro nombre.

“La Ola” es una película cuyo mensaje trascendente podría ser interpretado así: el nazismo fue algo que sucedió, y si no aprendemos la lección que nos da la Historia, estamos condenados a repetirla, incluso pese a estar plenamente convencidos de que eso no puede suceder.

Este argumento que se plasma en la película y el surgimiento del movimiento juvenil “La Ola” que el Profesor tiene que terminar cancelando de forma traumática, pueden parecer hechos extraordinariamente difíciles de suceder e improbables. Pero hace unos años vimos cómo la ultraderecha resurgía con fuerza en Austria reunida bajo la persona del político Jorg Haider, un personaje de clara vocación totalitaria próximo al nazismo. En aquel momento mucha gente se llevó las manos a la cabeza, pero lo cierto es que no fue Haider quien logró su posición de poder e influencia mediante las armas, sino mediante la palabra; y fueron los ciudadanos austríacos quienes le dieron ese protagonismo político con su voto.

Desde luego que no sería fácil el resurgimiento de un nuevo nazismo pero no debemos ser tan ingenuos como para pensar que el nazismo volvería bajo la misma forma y con los mismos símbolos. El nuevo nazismo se ocultará, desde luego, bajo formas democráticas y usará el sistema político vigente de la misma forma que un insecto que realiza la metamorfosis y termina convirtiéndose en otra forma de vida distinta.

La enseñanza de “La Ola” está ahí y como siempre el nazismo se utiliza como espejo del enemigo perfecto. Si hubiera que elegir un malo malísimo, alguien tan malvado que no admitiera una maldad superior, no buscaríamos a Darth Vader o Pier Nodoyuna, sino a Hitler, Goebbels o Himmler. La amenaza real no es que regrese el nazismo; sino que regrese cualquier forma de gobierno autoritaria, tenga la forma que tenga, que derogue derechos de los ciudadanos y gobierne según el dictado de una minoría poderosa o de una personalidad carismática. Desde este punto de vista, tan posible sería el regreso de un nuevo nazismo como el de un nuevo comunismo totalitario o incluso una dictadura caudillista como la española.

IV. LA ZONA GRIS.

“La zona gris” es un doloroso espectáculo fílmico que trata de recrear en el celuloide el Holocausto en sus detalles más horrorosos: el proceso de gaseamiento y el de incineración de los cuerpos en los inmensos hornos crematorios de las instalaciones en los campos de concentración y exterminio de Auschwitz – Birkenau.

En esta película se relata la rebelión de un Sonderkommando y se mezcla la historia principal con una pequeña trama de una chica joven que es rescatada aún con vida de la cámara de gas. Esa chica logrará unir a todos los presos, que intentarán protegerla y salvar su vida por encima de todo. La última escena de la película, cuando la chica es asesinada de un disparo por el jefe militar nazi del campo, me hizo recordar aquella terrible frase de la superviviente de Auschwitz, Libusa Breden: “No había Dios en Auschwitz. Las condiciones eran tan terribles que Dios decidió no ir”.

El final de la película es una definición perfecta del nazismo: el nazismo no tiene base ideológica. Consiste en la permanencia en el poder por la fuerza de una serie de sujetos que se dedican de forma corrupta a hacer su voluntad por los medios que sea, y no hay honor, no hay ética ni humanidad. Todo el esfuerzo de los reclusos para salvar la vida de la pobre chica termina en el asesinato de la misma. No hay salida. Todos mueren. Si hubiera un Dios, si hubiera otra vida junto a ese Dios, aún podría merecer la pena tanto sufrimiento. Pero como no existe ni Dios ni existe un mundo mejor, los nazis le robaron a los prisioneros lo más valioso que tenían: su vida. Libusa Breden tenía razon: Dios no estaba allí para poner a salvo a la chica. Y si Dios existiera, entonces estaría consintiendo todo aquello. Por ello algunos judíos creían que el Holocausto podía ser un castigo de Dios.

En la película los hombres del Sonderkommando buscan la forma de sobrevivir participando en el Holocausto como colaboradores de los nazis pero en unas circunstancias tales que sin dicha colaboración, habrían muerto mucho antes. Se ven obligados a colaborar y se ven obligados a continuar haciéndolo si quieren seguir con vida. Con el tiempo planifican una revuelta pero ésta se les sale de las manos y todo termina saliendo mal aunque con actos heroicos por parte de muchos de ellos, los nazis terminan sufriendo un buen contratiempo.

Lo primero que uno puede preguntarse ante tal horror es si realmente era necesario filmar una película tan horrorosamente realista. La respuesta tiene que ser positiva con matices. Está claro, de un lado, que una película como ésta no puede aspirar a ser muy popular porque las personas que van al cine no desean ver horrores como éste y mucho menos en un fin de semana. El principal problema de este cine es su rentabilidad. Y aquí nos encontramos con el primer escollo que debemos comentar: la crítica que algunas personas hacen, alegando que si se filman este tipo de películas es porque “el lobby judío”, o cierta élite judía poderosa, influye en la industria del cine para que estas películas se hagan.

Sabemos que el III Reich se empleó a fondo en difamar al pueblo judío todo lo posible, llegando incluso a crear un Ministerio de Propaganda, dirigido por el cruel discípulo de Hitler, Joseph Goebbels. Desde esa privilegiada tribuna, el Gobierno nazi difundió todo tipo de falsedades, infundios, y mentiras sobre el pueblo judío, que venían a abonar el ya tradicional antisemitismo de la población alemana.

La mentira más importante, la falacia más insostenible, es precisamente ésta: el pueblo judío es tan poderoso que influye en la industria del cine para que se recuerde el Holocausto. Si aceptamos esta afirmación en su plenitud, deberíamos cuestionar entonces por qué el pueblo judío, siendo tan inmensamente poderoso, no fue capaz de persuadir a los nazis para liberar a los judíos de Auschwitz y otros campos; o por qué el pueblo judío no fue capaz de convencer a los aliados de aceptar el trato propuesto por Eichman (el millón de judíos) o el bombardeo de las líneas ferroviarias que abastecían a los campos de concentración y exterminio de nuevas víctimas.

La primera falsedad, falacia, mentira mil veces repetida por el nazismo y que debemos rechazar de plano, es precisamente ésa. El pueblo judío no es un pueblo inmensamente rico, poderoso y capaz de doblegar cualquier voluntad, como ha quedado ampliamente demostrado, cuando el propio pueblo judío sufrió el Holocausto.

Un poder tan inmenso, un lobby tan poderoso, lógicamente habría logrado corromper a los codiciosos y avariciosos nazis. Y además, un pueblo tan poderoso habría logrado convencer a infinidad de países de acoger a los judíos deportados, y dichos judíos habrían sido además recibidos con los brazos abiertos lo mismo que se recibiría a un multimillonario que viene a gastar su fortuna en nuestro pueblo y a crear empleo.

La realidad es que el pueblo judío no es esa élite poderosa cuya existencia algunos siguen afirmando. Es cierto que el judío es un pueblo que tiende a unirse en base a una misma religión, pero ello mismo podría imputarse a la masonería internacional, la francmasonería, o incluso al Catolicismo, que cuenta con cientos de millones de fieles en todo el planeta. Si todos los católicos se pusieran bajo las órdenes del Vaticano ¿qué fuerza más poderosa que la Iglesia Católica se encontraría en el mundo?

Por ello afirmo que el rodaje de películas como “La zona gris” es absolutamente necesario. Muy necesario. Lo que le sucedió al pueblo judío no es algo que se deba relegar a los libros de Historia y después podamos olvidar como la lista de reyes godos. Fue un hecho crucial histórico que marcó al mundo entero. Todos los millones de personas que murieron en esos campos de concentración y exterminio no pueden ser olvidados bajo el pretexto de que algunos judíos poderosos quieran influir en el mundo recordando su historia reciente. No olvidemos que el cristianismo empieza precisamente a partir de la muerte de una sola persona, Jesús. Esa muerte adquiere un significado trascendental para los creyentes y da lugar a una auténtica religión que ha perdurado hasta nuestros días.

La muerte de más de 6 millones de judíos no ha dado lugar a una religión. No hay cultos en su nombre ni cruces evocando su sufrimiento. Pero sí hay unas nuevas generaciones de personas comprometidas con los derechos humanos que están decididas a impedir cueste lo que cueste que aquel horror regrese, y el primer paso para impedirlo, es darlo a conocer, aunque duela. Porque cualquier acercamiento al Holocausto, aunque sea a través de la forma de una película, siempre supone un coste emocional.


IV. EL LECTOR.

“El Lector” es una película que se ambienta entre 1955 y 1965 en la República Federal Alemana antes de la reunificación. En ella se nos cuenta la historia de Hannah, miembro de las SS y guardiana de un campo de concentración durante la IIª Guerra Mundial y ahora acusada de graves crímenes con la connivencia de sus compañeras que, mintiendo y falseando los hechos, deciden inculparla a ella para desviar las responsabilidades más graves.

En “El Lector” el personaje centra, Michael, llega a sentir cierto menosprecio intelectual o rechazo hacia Hannah por lo que hizo o se le acusa de haber hecho, pese a que sabe que Hannah no podría haber sido nunca responsable total de los hechos por su analfabetismo. Se contrapone una Alemania “democrática” que rechaza radicalmente el nazismo, al pasado reciente del nazismo. Es una situación parecida a la que se dio en España cuando se pasó de una monarquía a una República: “España se ha acostado monárquica y se ha levantado republicana”. Aquí Alemania abandonó el nazismo, condenado internacionalmente, y abraza la democracia. Los antiguos personajes del nazismo son ahora rechazados, sus acciones antes aplaudidas son ahora señaladas como inhumanas, y Hannah es una víctima más de un sistema deseoso de condenar como chivos expiatorios a personajes del régimen nazi.

Toda la obra “El Lector” así como la película es una denuncia de su autor Bernhard Schlink, sobre los juicios sumarísimos y en ocasiones parciales y de dudosa legalidad que se celebraron en la RFA en aquella época y que pretendían castigar ejemplarmente a las personas a quien su propio país consideraba hacía tan sólo unos años ciudadanos alemanes de prestigio.

Así, Hannah pasa de ser un miembro de las temibles SS a una convicta condenada por graves crímenes, aunque condenada por mucho más de lo que le correspondía. El Tribunal es caracterizado como un órgano mediatizado, que ya tenía la decisión tomada, y a quien no le interesa ni importa la verdad sino encontrar un culpable sobre el que descargar el castigo ejemplar que se enviará a los periódicos como muestra de lo demócratas que todos son.

En cierto momento de la película uno de los compañeros de Facultad de Michael le echa en cara al Profesor que él también vivió el nazismo y que muchos otros adultos vivieron aquel sistema y ahora parece que reniegan de todo ello y miran para otro lado. Se denuncia la falsedad de la sociedad.

V. AMÉN.

La película de Costa-Gavras “Amén” recuerda a la figura histórica del militar de las S.S Kurt Gerstein, quien intentó parar el Holocausto. Le sitúa en su contexto histórico, y lo mezcla con la historia de un sacerdote llamado Riccardo, que apoyará sin reservas a Kurt Gerstein y terminará muriendo a manos de los nazis en Auschwitz.

En “Amén” se intenta presentar un retrato de la Alemania que colabora de forma entusiasmada con el nazismo, creyendo que van ganando la guerra (lo cual no es cierto) y creyendo incluso en la existencia de una “arma secreta” que salvaría a Alemania de la rendición. Se cuenta el exterminio inicial que se hizo de los enfermos y disminuídos psíquicos y que los alemanes pararon cuando se enteraron, y se critica abiertamente la posición de la Iglesia Católica y también de la Iglesia Evangélica alemana frente a la política racista del III Reich.

Se ven imágenes donde salen camiones repletos de jóvenes que van contentos cantando canciones, y que se dirigen al frente. Y se ven también a personas que se resisten al nazismo y conociendo sus horrores, tratan de ayudar a parar el Holocausto (La “Iglesia Confesante” a la que pertenece Kurt Gerstein).

La película adolece de cierto sesgo en el sentido de que se quiere presentar a Kurt Gerstein como una persona completamente convencida de la “maldad” del III Reich, hasta el punto en que riñe a su hijo pequeño por hacer el saludo al Führer. En la realidad no creo que Kurt Gerstein fuese tan vehemente en su rechazo al III Reich, pues a fin de cuentas era el sistema político que había conocido desde su juventud. Pero sí admito que durante su vida fue evolucionando y comprendiendo el alcance negativo y autoritario que estaba teniendo el nazismo hasta llegar a la convicción personal, al fin de la película, de que debía entregarse y contar todo cuanto sabía a modo de redención personal por su propia responsabilidad en los crímenes que, conociendo, no había podido impedir por causa de fuerza mayor.

Si se contempla al personaje de Kurt Gerstein con retrospectiva histórica es difícil reprocharle nada. Hizo todo lo que estuvo en su mano y aprovechó toda oportunidad que tuvo para dar a conocer el holocausto y tratar de detenerlo. Posiblemente nunca se conozcan las consecuencias positivas de las informaciones que Gerstein suministró a todas las diplomacias con las que contactó (entre ellas la sueca que salvó a miles de judíos) pero estaremos de acuerdo en que para él hubiera sido mucho más fácil aprovechar su cualidad de miembro de las SS para escapar de Alemania llevándose a su familia y ocultarse en algún país neutral como Suiza, en vez de quedarse en Alemania, enfrentarse al Holocausto y terminar dando a los aliados la información de forma voluntaria, a sabiendas de que sería considerado criminal de guerra.

El título de la película “Amén” es una especie de enigma que cada uno resuelve a su manera. Mi teoría personal es que Costa-Gavras tituló “Amén” a esta película porque “amén” es la palabra que pone fin a toda oración, y significa “así sea” o “así se haga”.

Si lo que quiere Dios, pensaba el sacerdote Riccardo, es que su pueblo muera asesinado, “amén”. Nada podemos oponer a la voluntad de Dios, por lo tanto yo mismo me sacrifico –pensaría Riccardo-.

Por otra parte Kurt Gerstein había estado animado por la creencia de que finalmente lograría detener el Holocausto. Al terminar la guerra decide entregarse, contar todo cuanto sabe del tema, y en cierta forma, se abandona a la voluntad de Dios, “amén”: hice lo que pude y ahora ya no tengo ganas de hacer nada más porque nadie me escucha.

“Amén” sería así una especie de testamento vital de dos personas que lo dieron todo por la vida de otros muchos seres humanos sin conseguir salvarlos. Un grito desesperado de piedad y horror lleno de resignación, de quienes saben que no pueden impedir unos hechos que son demasiado grandes y poderosos como para cambiarlos.


VI. PORTERO DE NOCHE.

En “portero de noche” tenemos a una serie de antiguos oficiales del III Reich que se han reciclado como diversos profesionales en la vida civil, siendo nuestro protagonista el responsable de un hotel.

Allí se reencuentra con una mujer que fue prisionera suya y a quien sometió a prácticas humillantes. La mujer siente una fascinación por él e inician una relación un tanto especial, de tipo sadomasoquista.

En esta película se retrata la sociedad alemana de posguerra en la que había muchos antiguos oficiales alemanes, incluso de las SS, que mantenían el contacto y una cierta camaradería, que iba más allá de una amistad. También mantienen el contacto unos con otros por temor, para evitar que un miembro se vaya de la lengua y cuente lo que hizo él o hicieron otros durante la Guerra. Hay una especie de complot secreto, un acuerdo no escrito, según el cual unos velan por otros, pero no por camaradería sino por temor a que se descubra su pasado y terminen en un juzgado. Esta es precisamente la coartada de los colegas del “portero de noche” para terminar con su vida y la de su amante, la antigua prisionera judía: silenciarles para siempre.

Esta es una película un tanto extraña, filmada con un gusto estético preciosista, que escandalizó en su momento por el planteamiento perverso de la trama; pero que aún hoy sigue impresionando por la fuerza dramática de la historia que se cuenta en ella. El “portero de noche” actúa como una especie de moderno Marqués de Sade que logra que su torturada prisionera desee regresar con él. Está claro que este tipo de prácticas sadomasoquistas existen ahora y siempre existieron, pero no es muy edificante, como se comprende, y de ahí vienen las críticas, que se relate una historia sadomasoquista entre un antiguo nazi y una antigua prisionera judía.

Los antiguos nazis en la película actúan siempre movidos por el temor a que su anterior trayectoria sea descubierta y les sean exigidas responsabilidades. El nazismo es visto como algo ya pasado pero que subsiste en la forma de sociedades secretas que comparten responsabilidades criminales como las de estos hombres que se reúnen con el portero de noche.

El Holocausto no se ve en la película de una forma clara aunque sí queda claro que el protagonista debió llevar a cabo muchos abusos en las personas de prisioneros judíos debido a sus particulares desviaciones mentales o sexuales, como consecuencia de las que conoció a la mujer judía.


VII. EL HUNDIMIENTO.

En esta película alemana el actor Bruno Gantz da vida al Fürher Adolf Hitler en los últimos días previos a la capitulación alemana frente al Ejército ruso, en Berlín. El protagonista absoluto del filme es Hitler y su personalidad paranoica, cruel, autoritaria y despótica.

La Guerra con los aliados está ya completamente perdida aunque Hitler sigue confiando, recluido en su búnker, que aún quedan suficientes fuerzas militares para contener e incluso repeler los ataques enemigos. Sus generales conocen la verdad y tienen que transmitirle malas noticias. Hitler termina reconociendo su fracaso, y se suicida junto con Eva Braun poco después de contraer matrimonio con ella. Joseph Goebbels también decide quitarse la vida junto con su mujer y sus hijos. Pero del bunker de Hitler lograrán escapar con vida la secretaria de Hitler y otras personas cercanas al Führer. Sobrevivirán y podrán contar lo que vieron. Los hechos que relata esta historia.

A lo largo de todo el filme no hay ninguna mención especial a los judíos ni al Holocausto pero al final del mismo, Traudl Jungle, la auténtica secretaria de Hitler, en una entrevista de archivo filmada antes de su fallecimiento, declara que nunca tuvo conocimiento del Holocausto en aquel tiempo y lamenta aquellos hechos horribles que para ella fueron una auténtica revelación. Lo que no es de extrañar pues como sabemos todo lo relativo a la “Solución final” fue orquestado por Himmler y las SS en riguroso secreto y mediante órdenes verbales. Fue todo una actuación del Estado por vía de hecho, auténticamente brutal.

“El Hundimiento” es una película que exige un tarde o una velada entera para ser disfrutada plenamente. He visto esta película tres veces. Las dos primeras centré mi atención en el personaje de Hitler. La última vez que la ví, sin embargo, advertí que la película transmitía mucho más de lo que había captado hasta el momento, a través de varios personajes secundarios históricos cuya suerte fue desigual tras la finalización de la Guerra. Sobre esos personajes haré algunos breves comentarios.

No cabe duda que el personaje de Hitler ha dado mucho juego en el cine, pero el Hitler que interpreta Bruno Gantz, no es un Hitler retratado como el loco peligroso y paranoico que todos esperaríamos, una especie de demonio o una “figura de caricatura”; sino un ser humano desesperado, pero dotado de una gran capacidad para el mal. En “El Hundimiento” se huele el miedo a Hitler y se ve cómo incluso sus más próximos colaboradores le tratan con cuidado y temor a que se enoje por cualquier cosa. Vemos también en el filme que Hitler tenía unos horarios muy extraños, ya que trasnochaba y dormía hasta tarde, y que pese a su maldad profesaba sin embargo cierto aprecio a un perro como animal de compañía y también a Eva Braun.

Hitler es retratado como un sujeto orgulloso hasta la muerte, incapaz de reconocer una derrota, incapaz de negociar o ceder… pero el problema de Hitler es que el precio que paga su orgullo no lo paga él personalmente sino que lo paga el pueblo alemán cada día que continúa la guerra en Berlín. Lo pagan los pobres niños de las juventudes hitlerianas, que en su inocencia creen que pueden contener al enemigo manteniendo una posición armada en una plaza. Lo pagan los jóvenes oficiales que tienen una fe tan absoluta en Hitler que no dudan en suicidarse ante la noticia de la capitulación del III Reich.

Hitler es el antipapa, es el supremo sacerdote de la maldad. Es quien administra el sacramento de la muerte. En la película Hitler se acerca afectuosamente a una mujer en su Búnker y le dice, con un tono de voz amable: “Siento no poder hacerle un regalo mejor”, entregándole una cápsula de cianuro para que la mujer pueda quitarse la vida. ¿Qué otra cosa podría ofrecerle Hitler a un alemán que no fuera precisamente muerte?.

En todo momento he creído estar delante del mismísimo Hitler. La recreación que hace Bruno Gantz es tan creíble que se comenta incluso que durante el rodaje estuvo raro y que algún compañero se tropezó con él cuando iba caracterizado y se llevó un susto de muerte. Pero se ha dicho que “El Hundimiento” quiere presentar una imagen dulce o edulcorada de Hitler. Una imagen benévola o complaciente, y ahí no puedo estar de acuerdo. El Hitler que encarna Bruno Gantz en esta excepcional película alemana es un Hitler cargado de matices. Un Hitler vivo, no un loco peligroso sino un Jefe de Estado respetado fanáticamente por millones de personas. Hay que tener en cuenta que incluso dentro del Búnker, Hitler sigue teniendo el poder absoluto en Alemania y es, al menos en teoría, uno de los hombres más poderosos del mundo.

No es cierto que esta película presente un retrato benévolo de Hitler. Lo que sí hace, en cambio, es colocar al espectador en posición de comprender el fenómeno del fanatismo ciego de sus seguidores, y también de llegar a sentir compasión y hasta lástima por tantas personas valerosas que dieron su vida por un sistema autoritario que moría de la misma forma que había querido dar forma al Reich de los 1.000 años.

Tras la visión de esta película nos queda claro que los seguidores de Hitler no eran todos ellos personas malvadas sedientas de sangre, ni militares cegados por su afán militarista; sino personas normales que se encontraban atrapadas en unas circunstancias y sujetas a una lealtad que no podían honrar sin condenarse a sí mismos como cómplices. Esta película no le hace ningún favor a Hitler y creo sinceramente, sin ser ningún experto, que el equipo de personas que la rodó ha hecho su mejor esfuerzo por poner en pantalla el Hitler más humano y próximo a la realidad que fue posible.

Duras, muy duras son las imágenes que nos muestra esta película donde se ve a los Goebbels asesinar a sus propios hijos y luego suicidarse. Los Hitler harán lo mismo. Pero lo más triste y lamentable es la historia de los pobres niños y niñas de las juventudes hitlerianas, cuyos cadáveres tirados en cunetas e improvisadas trincheras, en plena ciudad, mostraban al espectador el rostro más humillante de la derrota alemana, que es también la derrota de un pueblo engañado y llevado una vez más a la postración. Es absurdo que personas tan jóvenes pierdan la vida de esa forma pero es que además esos pobres niños resultaban militarmente insignificantes para el avance ruso, muy superior en número, que era ya incontenible.

La película está hecha con mimo y rezuma verosimilitud. Se dice que es la película más cara del cine alemán reciente y no pongo en duda que se ha invertido muy bien cada euro. La historia que se cuenta es la generalmente aceptada por los historiadores si bien Traudl Jungle, la secretaria de Hitler, falleció desafortunadamente antes del estreno de la misma, de forma que la película constituye, acaso, un testamento vital o incluso una disculpa, o un lamento, de una anciana, por haber trabajado para alguien que hizo tanto daño al mundo, aún sin ella ser consciente de ello.

Es fundamental en esta película fijarse en la lealtad ciega que los militares próximos a Hitler tenían al III Reich. Una fidelidad fanática que llega a anular la inteligencia y alcanza a convencer a muchos buenos soldados y oficiales, inocentes de crímenes de guerra, para que se quiten la vida. Es un sacrificio absolutamente inútil y hasta infantil, porque sus vidas no van a pagar el daño causado por el nazismo al mundo. Pero es un testimonio claro y manifiesto del daño moral causado por la propaganda nazi en las mentes de sus propios servidores. Hitler no sólo había creado una terrible máquina de guerra sino que también le había colocado un botón de autodestrucción para situaciones como ésta.

El Búnker de Hitler es el protagonista silencioso del filme. Ha sido recreado con fidelidad según toda la información que de él se conoce ya que fue destruido casi en su totalidad por los rusos. Las imágenes que se muestran permiten hacerse una idea cabal y realista de aquellas instalaciones, y de la seguridad que ofrecían a sus moradores. Hay que tener presente que todavía hoy en Alemania el búnker o los búnkers (porque hay varios) de Hitler en Berlín son una cuestión de secreto de Estado. En los años noventa se descubrió haciendo una obra un búnker de la segunda guerra mundial y automáticamente se impidiío a los medios de comunicación cualquier posible difusión de lo que se encontró en el mismo.

Ahora quisiera referirme a algunos de los personajes secundarios que van desfilando por la película “El Hundimiento” y que son en mi opinión los verdaderos héroes del filme, quienes honraron el uniforme del ejército a quien servían y llegaron a dar la vida por el mismo, incluso pagando por culpas que no tenían.

Por ejemplo el médico de las S.S Dr. Shenck, que trabajaba junto al Dr. Werner Haase. Era uno de los médicos personales de Hitler. Shenck se negó a marcharse de Berlín y decidió quedarse allí cumpliendo con su deber ahora que –estimaba- sus servicios serían más necesarios que nunca. Este hombre valeroso sería encarcelado y represaliado por los rusos tras la rendición alemana. La película le ofrece un merecido homenaje y sirve de recuerdo amable hacia este gran profesional y también miembro de las SS que pudo elegir la huída y salvarse y sin embargo permaneció al lado de los suyos hasta el último momento, trabajando como médico.

Precisamente el recuerdo emotivo del Dr. Schenk me hizo reflexionar sobre la noción de “espíritu humanitario”. El Dr. Schenk era médico y como tal, estaba acostumbrado a salvar vidas, pero también a ver personas morir. Sólo una persona con un gran espíritu humanitario puede elegir lo que eligió él, permanecer al lado del bando de los perdedores y arriesgarse a una más que probable muerte por el enemigo, a cambio de poder salvar alguna o varias vidas más. Sólo alguien que estima el valor de la vida humana por encima de cualquier otra consideración, puede decidir algo así.

Por ello entiendo que el Dr. Schenk aún sin saberlo, estaba poniéndose al servicio de una causa humanitaria y no estaba realmente al servicio del III Reich aunque formalmente llevase su uniforme. Porque un auténtico miembro de las SS habría huído, como huyó Himmler, como huyó Eichman, como huyeron todos, como cobardes, corruptos y personas faltas de moral que eran, dispuestos a salvar su pellejo como fuera.

También hay militares valerosos como los que ayudan a Traud Jungle a escapar hacia la libertad, atravesando las líneas rusas, y para maximizar sus posibilidades de huída, deciden quedarse, asumiendo un probable enfrentamiento armado del que no saldrían con vida. Esa caballerosidad del oficial tratando de salvar a las mujeres arriesgando su vida; ese arrojo y valentía personal, no puede ser característico de un miembro de las SS, que son por definición cobardes, falsos y corruptos; esa conducta es la conducta de una pesona valerosa y luchadora que no duda en ofrendar su vida para salvar la de otro ser humano. Por ello también hay un mensaje positivo, en la película: muchos militares eran personas dignas y con un comportamiento honorable. No podía la película dejar de reflejar que incluso en la huída y en circunstancias tan graves y peligrosas, no deja de haber comportamientos heroicos y dignos de elogio.

En conclusión diremos que esta película nos muestra un grupo de personajes diversos entre los cuales hay fanáticos seguidores de Hitler, militares sensatos y valientes pero condenados por su lealtad al tirano, y también personas valerosas, dignas y merecedoras de reconocimiento como el Dr. Schenk o el militar que ayuda a Traud Jungle a salvar su vida tras escapar del Búnker.

VIII. HA LLEGADO EL ÁGUILA (THE EAGLE HAS LANDED, 1976)

Este filme británico se estrenó en 1976 aunque parece una película clásica por lo esmerado de su realización. Fue dirigido por John Sturges y cuenta entre su elenco actoral con primeros nombres como Michael Caine, Robert Duvall, Donald Sutherland, Donald Pleasence, Anthony Quayle, Jenny Agutter, Treat Williams, Larry Hagman y Jean Marsh.

La película es bastante larga y si se tiene un poco de suerte puede darse con la edición extendida, que dura casi dos horas.

El argumento es éste: el servicio secreto alemán se entera de que el mandatario británico Winston Churchill visitará un pequeño pueblo (Norfolk, G.B). Hitler da orden de secuestrarlo. El coronel Radl, cumpliendo la orden de Hitler, ofrece la misión al coronel Steiner, que estaba pendiente de un consejo de guerra junto con sus hombres (había sido condenado a muerte). Como es lógico Steiner acepta la misión a cambio de ser plenamente rehabilitados en sus cargos como militares tanto él como sus hombres. Pero las probabilidades de éxito son escasas, por lo que el ofrecimiento no es tan generoso como aparenta.

Los hombres de Steiner se disfrazan de soldados polacos aliados y caen en paracaídas sobre Inglaterra, llegando a su destino con antelación. Ahora sólo cabe esperar la llegada de Churchill.

Esta es una película atípica en el género de la segunda guerra mundial, primero porque en esta película los “buenos” son los alemanes, aunque no por su pertenencia el III Reich sino por las personalidades humanitarias y dignas de sus protagonistas. Además, el III Reich es retratado como un sistema cruel, que castiga inmerecidamente a sus propios hombres. La condena a muerte de Steiner (interpretado por Michael Caine) y sus hombres es precisamente la primera manifestación en la película de que algo no está bien en el III Reich. Porque queda muy claro que Steiner y sus hombres son inocentes por completo.

Por otra parte, hay una escena donde se produce un abuso por parte de unos guardias nazis hacia unas prisioneras judías y la intervención de Steiner es claramente de impedir dicho abuso, conminar a los guardias y poner a salvo a esas personas atacadas. Esta actuación nos presenta desde el primer momento a Steiner como un militar alemán pero una persona digna, respetuosa con la vida de las personas. No es un asesino, ni es un cruel nazi buscando víctimas.

En la película los alemanes son presentados como hombres valerosos, patriotas, hombres de honor, que no quieren aceptar combatir con un uniforme falso sino que quieren llevar su propio uniforme. Aceptan la misión de matar a Churchill pero no comparten el racismo, el odio del nazismo. Son militares profesionales que tratan de cumplir con la misión encomendada, pero no odian a sus enemigos. En definitiva, todo está preparado para que el espectador les coja simpatía desde el principio y vea la película de una forma distinta a lo que está acostumbrado, llegando a desear que los “malos” (los alemanes) se salgan con la suya.

Las interpretaciones de los personajes son excepcionales. Donald Pleasence interpreta a Himmler y hace un papel muy bueno. La película tiene un desarrollo algo lento al principio pero después se vuelve más interesante. La recreación histórica es muy verosímil y en todo momento creemos estar ante una película clásica, una gran superproducción de los cincuenta o sesenta, pero ha de recordarse que la película es de 1976.

Si pudiera resumir la película en una sola frase diría: “Soldados del III Reich pero con honor”. En esta película se evita caer en el error de presentar a los militares alemanes como personajes planos carentes de profundidad alguna y asesinos desalmados. Aquí el Coronel Radl y el Coronel Steiner y sus hombres son presentados como personas sensatas, soldados valerosos y fieles a su patria pero no son asesinos, ni odian a los ingleses, ni sienten odio hacia nadie. Su conducta humanitaria, su compañerismo y camaradería suscitan la complicidad del espectador desde el primer momento y terminamos viéndolos como un puñado de hombres sacrificados que tratan de cumplir un encargo casi imposible para obtener como premio algo que les quitaron injustamente: su propia dignidad. Y su propia dignidad de militares honorables es precisamente lo único que les queda a estos hombres, y por eso la valoran tanto.

En esta película hay tan sólo una referencia al Holocausto y es esa escena en la que se ve a unos soldados maltratando a unas mujeres judías que están siendo deportadas. Steiner y los suyos aparecen en escena e impiden que el abuso continúe, lo que supone para ellos problemas con la gestapo. La película no trata a fondo el tema del Holocausto (quizá era temprano, 1976) pero sí deja una pequeña llamada de atención. Está claro que si Steiner y sus hombres tuvieran conocimiento del Holocausto, no lo habrían aceptado nunca.

Llama la atención, en esta película y en “El Submarino”, lo fácilmente que aceptan misiones imposibles o casi imposibles los militares alemanes. Y, sin embargo, qué poco reconocimiento y respeto obtenían de su propio gobierno. Por hacer una comparación, en el bando aliado, al Coronel Doolitle le encargó su gobierno hacer una incursión en Japón para minar la moral nipona. Era una misión casi suicida porque suponía adentrarse en terreno enemigo con unos aviones muy grandes, bombarderos, sin capacidad de escapar y con el combustible muy justo para aterrizar en China. Doolitle tiene éxito pero hay muchas bajas y cuando regresa a EE.UU teme que le abran un consejo de guerra por tantas pérdidas humanas. Sin embargo, EE.UU le llena de honores.

Qué diferente la suerte de un militar por estar en el bando alemán.

IX. EL SUBMARINO.

Otra gran película “diferente” que nos muestra la segunda guerra mundial desde el bando alemán es “El Submarino”. Aquí vivimos el día a día con la tripulación de un submarino alemán que trata de sobrevivir como puede mientras cumple obedientemente su misión. La película está basada en el testimonio de verdaderos oficiales alemanes de la época y rezuma verosimilitud y autenticidad, además de la virtud que encierra la gran complejidad técnica de llevar a las pantallas el interior de un submarino militar de los años cuarenta.

Las condiciones de vida a bordo del submarino son horrorosas y agobiantes pero lo peor son las vivencias que los protagonistas irán sufriendo por culpa de sus propios mandos nazis, como por ejemplo cuando reciben órdenes de abandonar a los supervivientes de un barco hundido, pero también se retrata el infierno de sufrir ataques constantes y ser casi hundido por el enemigo. Al final de toda su epopeya, regresan a casa triunfales pero un bombardeo inoportuno frustra el final feliz de la historia.

Sin duda es una película que enseña a no odiar a los alemanes, ya que aquí a diferencia de “Ha llegado el águila” no se percibe una intención especial de caer simpáticos a los espectadores, sino que se pretende contar una historia desde el lado alemán, una historia con personas que sufren y viven con miedo también. No es una historia de asesinos y víctimas, sino que todos son víctimas.

“El submarino” nos muestra a militares valerosos, profesionales y temibles por su capacidad, pero no asesinos sin compasión. Recuerda a aquella frase dicha, respecto del Cid Campeador que estaba al servicio de Alfonso VI “Dios, qué buen vasallo, se hubiese buen señor”. Pues aquí no podemos menos que reconocer que si estos hechos que refleja la película son ciertos e históricos, desde luego los marinos alemanes eran personas dignas de reconocimiento por su valentía y arrojo; pero estaban al servicio de una causa torcida y su propio país les abandona a su suerte cuando resulta oportuno hacerlo. Me pregunto cuántos actos heroicos de militares alemanes habrán sido enterrados por el olvido y por no haber sido reconocidos en su día por el propio régimen nazi.

X. LA LISTA DE SCHLINDER.

Una de las películas más importantes que hay sobre el Holocausto y el nazismo en general y una gran película también a nivel comercial. Es raro encontrar a alguien que no la haya visto. Ha sido además una película muy oscarizada (ocho estatuillas).

Schlinder es un comerciante burgués alemán que trata de sacar partido económico a la guerra pero termina convirtiéndose en el salvador de más de mil judíos polacos. A partir de cierto momento, Schlinder tomará conciencia de la tragedia del pueblo judío y hará cuanto pueda para salvar la vida de los que tiene en su fábrica contratados como empleados. Algo que logrará gracias también a la colaboración de su fiel contable.

No voy a detenerme en relatar la trama ni analizar detenidamente la película ya que es muy conocida. Trataré de hacer algunas aportaciones personales sobre lo que he aprendido o he percibido de este filme.

En esta película el nazismo y particularmente las SS son retratados como un sistema corrupto, autoritario y que no respeta la vida humana. Schlinder aprovecha el punto débil de las SS, su avidez por el dinero y el lujo, en beneficio propio.

Schlinder era una persona de buena familia y que había tenido una educación esmerada. Por ello no tenía especial odio o prejuicios contra los judíos. Ello facilitó mucho el trabajo a su contable, Itzak Stern, quien fue el que realmente elaboró la famosa lista de personas que se salvarían de la deportación y del holocausto.

La película no intenta presentar a Schlinder como un héroe sino que nos muestra su paulatina evolución de empresario sin escrúpulos a persona profundamente conmovida por la tragedia del pueblo judío.

Siendo una gran película no puede olvidarse que existieron muchos otros “salvadores”, en la página web de la Fundación Raoul Wallenberg hay muchos nombres de todas las nacionalidades, siendo el de Raoul Wallenberg uno de los principales. Personas que se jugaron su vida para ayudar a escapar y salvarse a miles de judíos y que, en muchos casos, no han tenido reconocimiento más allá del recuerdo emocionado de sus familiares o una placa en una calle.

En mi propia localidad hace unos años fallecieron tres ancianas, tras cuyo entierro se conoció que durante la Segunda Guerra Mundial habían formado parte de una red internacional dedicada a la salvación de judíos alemanes y europeos. Ocultaban a los judíos en sus domicilios y les ayudaban a escapar. Estos hechos sucedieron durante la dictadura franquista y en la peor época represiva, años cuarenta, donde una mera denuncia anónima podría haber dado con estas personas al paredón.

No sabremos nunca cuántas personas salvaron la vida gracias a la iniciativa solidaria y humanitaria de tres pobres mujeres de una pequeña ciudad gallega pero lo que sí es seguro, es que sus nombres, al igual que los nombres de todos los “salvadores” que figuran en los registros de la Fundación Raoul Wallenberg, son nombres tan importantes como el de Oskar Schlinder, a quien sin negar ningún mérito, tampoco debemos recordar como un gran salvador porque no fue ni el único ni el más importante. Y es que el heroísmo y la conducta humanitaria no conoce de nacionalidades, de credos ni de sexo. Podemos encontrar a un “salvador” en nuestra propia calle, lo mismo que a un asesino.

XI. CONCLUSIONES FINALES.

Es necesario y sigue siendo importante que se hagan nuevas películas y se proyecten las existentes sobre el tema del Holocausto. Es un hecho histórico demasiado importante y trascendente como para permitir que el paso del tiempo lo termine convirtiendo en un relato en blanco y negro de ancianos ya fallecidos.

A quienes acusen a la “poderosa influencia judía” de que se rueden películas sobre el Holocausto, hay que recordarles que el Cristianismo lleva milenios recordando una sola muerte: la de Jesús. Y son incontables las películas de temática religiosa, algunas de ellas importantes y clásicas como “Ben Hur”, “Los Diez Mandamientos”, “Quo Vadis”, “La túnica sagrada”, etc. Sin embargo no por ello leemos todos los días en la prensa acusaciones contra las distintas Iglesias cristianas por la “poderosa influencia cristiana” en los medios cinematográficos.

Hay que admitir que enseñar el Holocausto puede hacer daño al alumno. Porque explicarle a un ser humano joven y alegre los hechos que llegaron a padecer millones de personas puede dar lugar a un daño moral, sobre todo cuando se comprende que esos hechos realmente sucedieron y se llega a la conclusión de que no estamos totalmente a salvo de que no puedan resurgir regímenes totalitarios en la actualidad. Pero es imprescindible herir a la juventud con este daño moral y enseñarles el resultado de la experiencia nazi. Sólo así aprenderán el valor auténtico de las declaraciones de derechos humanos internacionales, los pactos de derechos y las Constituciones democráticas, esos mismos textos que se pasan por alto en primaria y secundaria.

La enseñanza del Holocausto no es una enseñanza de muerte sino de vida. El Holocausto nos enseña, parafraseando a la superviviente de Auschwtiz Libusa Breden: no esperes que venga Dios a resolver nada. Haz tú algo. El Holocausto enseña a no tolerar el autoritarismo cuando viene a instalarse. El Holocausto enseña a no aceptar la discriminación de un colectivo ajeno porque los siguientes seremos nosotros, como en el famoso poema.

En el mundo actual la pedagogía más inmediata es el recurso audiovisual y por ello las películas que hemos visto encierran grandes enseñanzas y varias lecturas que hay que saber ver.

El reto más importante que nos presentan todas las películas está en la siguiente pregunta: Ante esta situación ¿Cuál ha de ser nuestro comportamiento? ¿Debe prevalecer la orden injusta dada por un nazi, o debe prevalecer el institinto humanitario que nos está diciendo que no matemos a esta persona desobedeciendo la orden dada, o incluso que nos enfrentemos con el superior?

Lo más difícil es reaccionar correctamente ante una situación grave y es aquí donde aparece el valor de la conducta de Oskar Schlinder, de Kurt Gerstein y de los valerosos hombres del Coronel Steiner. Ellos tienen muy claro que debe prevalecer el instinto humanitario pero en su lugar, muchas otras personas, quizá la mayoría, no habrían hecho nada y habrían consentido la injusticia bajo la excusa ¿Y yo qué podía hacer?.

Hoy ya no existe persecución oficial hacia los judíos ni sería aceptable que existiera pero sí existe menosprecio y cierto odio social a colectivos como los gitanos rumanos por ejemplo. ¿Qué sucedería si un grupo de estudiantes de Derecho españoles presenciara por casualidad cómo un par de policías pegan y esposan brutalmente a un gitano rumano? ¿Cuántos de nosotros irían a enfrentarse con los policías o pondrían una denuncia ante semejante atropello? Son este tipo de cuestiones las que ponen a prueba diariamente las convicciones humanitarias de las personas.

8 mar. 2010

Unha data obrigada: 8 de Marzo

TECLADO INVITADO: NICOLE PEREZ (Alumna de Historia y Teoria de los Derechos Humanos).

Como cada ano, o día 8 de Marzo constitúe unha data de obrigada conmemoración.
Trátase dunha data de celebración universal que, sobre todo, é , e así o debe ser, unha xornada de forte reivindicación social.
Nesta data, na que conmemoramos o día Internacional da Muller, debemos lembrar o labor realizado polas nosas precusoras; así como algún dos sucesos que xustificaron a escolla deste día.
Neste punto, resulta acaído realizar unha breve reflexión pola historia da procura dos nosos dereitos , así como un breve repaso entre as principais figuras feministas do S.XX, entre as que adquiren principal importancia o traballo e loita de numerosas activistas comunistas e socialistas; a pesares do intento da Historiografía occidental por suprimir as súas referencias históricas ó consideralas excesivamente vinculadas coa causa comunista.
Non obstante, a o certo é, que a Revolución Rusa consolidou a data do 8 de marzo como o Día Internacional da Muller e anos máis tarde esta data foi adoptada pola ONU nunha resolución do ano 1977.
É indubidabel que os comezos da loita polos dereitos da muller, enmarcábanse no contexto dos inicios do movemento obreiro, donde as diferenzas de xénero agudizáronse profundamente.
Néste ámbito cabe sinalar como principal referente á comunista alemana Clara Zetkin, incuestionabel feminista do S.XX.
Nos seus inicios, as principais reclamacións das mulleres xiraban entorno ó recoñecemento de Dereitos políticos( recoñecemento do sufraxio feminino) e de Dereitos laborais ( dereito á non discriminación no traballo e melloras nas condicións laborais).
As activistas feministas de comezos do Século XX, enfréntaronse ante condicións laborais pésimas, continuadas actividades discriminatorias, escasos dereitos económicos, políticos, sociais…
A segregación do mercado laboral,por exemplo, é unha cuestión que a día de hoxe, segue sen resolver.Seguen existindo empregos para homes e empregos para mulleres; salarios para homes e salarios para mulleres.
Por moito que se diga que se aumentou enormemente a incorporación das mulleres no mercado laboral, o certo é que éste segue segregado como nos comezos do Século XX.
Séguese aprezando como a taxa de actividade das mulleres varía ao londo do ciclo vital de xeito moi acusado. A máxima actividade das mulleres correspóndese ao período vital anterior á maternidade, mentres que as mulleres maiores de 50-55 anos son o reflexo dunha época de baixa inserción laboral.
Por outra banda tamén é significativo, que a día de hoxe en Galicia, a maioría dos contratos a tempo parcial son suscriptos con mulleres, por non falar tamén do traballo non retribuído.
Según diversos estudos se o traballo non remunerado das mulleres se incluíra no PIB, outorgándolle a cada hora de traballo o valor medio do traballo remunerado, o PIB aumentaría máis dun 90%.
Neste sentido, é acaído recordar que é preciso que mulleres e homes compartan de xeito igualitario as responsabilidades polo traballo non remunerado.

Situación das Mulleres Galegas
Segundo os datos de Xaneiro de 2010 da propia Consellaría de Traballo e Benestar da Xunta de Galicia hoxe hai 231.628 paradas e parados dos que máis da metade (124.015) son mulleres. Destas cifras globais de desempregados case un 25% son menores de 30 anos (54.100) e as mozas somos unha porción moi destacabel.
Por outro lado,a famosa crise tamén está a provocar un deterioro nas xa de por si negativas condicións laborais das mulleres.
As condicións laborais entre mozas e mozos siguen sen ser as mesmas que fai varias décadas: tanto a nivel salarial, pois o salario medio das mozas e case 200 € inferior ao dos mozos que desempeñan un traballo de igual valor, como a nivel contratual, pois na maior parte dos casos situámonos en postos de traballo por obra e servizo ou de carácter temporal (que ingresan de media un 35% menos que os contratos indefinidos).
Por outra banda, outro dato significativo, é que as mozas galegas chegamos a dobrar en número aos homes parados en búsqueda do primeiro emprego.
Datos todos estes, que poñen de manifesto a necesidade de traballar intensamente na procura da corrección destes desaxustes, que evidencian que a día de hoxe a igualdade está moi lonxe de ser real.

Antes de finalizar, gustaríame lembrar a figura de Rosalía de Castro, na que este ano se cumpren 125 anos do seu pasamento e que sen dúbidas, constituíu un dos máximos expoñentes no feminismo da Galicia do Séxulo XIX.
Rosalía, como fundadora da literatura galega moderna, centrou moitos dos seus versos na denuncia das condicións das mulleres galegas máis humildes.Neste poema podemos ver un exemplo.


Rosalía de Castro(CANTARES GALLEGOS)
-Falás como un abogado,
e calquera pensaría
que deprendestes nos libros
tan váreas palabrerías,
todiñas tan ben faladas,
todiñas tan entendidas;
e tal medo me puñeches
que xa de aquí non saíra
sin levar santos-escritos
e medalliñas benditas
nun lado do meu xustillo,
xunto dunha negra figa,
que me librasen das meigas
e máis das lurpias dañinas.
-Que te libren de ti mesma,
pídelle a Dios, rapariga,
que somos nós para nós
as lurpias máis enemigas.
Mais xa vén a noite vindo
co seu manto de estreliñas;
xa recolleron o gando
que pastaba na cortiña;
xa lonxe as campanas tocan,
tocan as Ave-Marías;
cada conexo ó seu tobo,
lixeiro, lixeiro tira,
que é mal compañeiro a noite
si a compañeiro se obriga.
Mais, ¡ai!, que eu non teño tobo
nin burata conocida,
nin tellado que me cruba
dos ventos da noite fría.
¡Que vida a dos probes, nena!
¡Que vida! ¡Que amarga vida!
Mais Noso Señor foi probe,
¡que esto de alivio nos sirva!

¿realmente mudou a visión da muller retratada por Rosalía?
En conclusión, o que se pode observar nesta breve análise tras as orixes do 8 de marzo é que tras un longo percorrido de case 100 anos as nosas reivindicacións seguen a ser as mesmas: igualdade nas condicións laborais, no acceso aos postos de traballo, na búsqueda de melloras salariais etc..

1 mar. 2010

WATCHMEN: RORSCHACH Y HOLLIS MASON: EL DEBATE SOBRE LA EFECTIVIDAD DEL ESTADO DE DERECHO EN LA LUCHA CONTRA EL CRIMEN

Hoy cedo la pagina a Veronica Sanchez Villamil, alumna de Filosofia del Derecho que ha obtenido una Matricula de Honor en el recientemente finalizado curso 2009-1010. Les presento (con su consentimiento) su trabajo final de la Unidad 2 de la asignatura sobre la pelicula Watchmen (basada en el comic de Alan Moore). Espero que disfruten con su lectura y se muestren en desacuerdo con sus opiniones (para alimentar un interesante debate).

TECLADO INVITADO: VERONICA SANCHEZ VILLAMIL

The Culpeper minute es la estrategia narrativa por la que optó el director de Watchmen para transponer al género fílmico lo que en el comic original son las memorias del primer búho nocturno, Hollis Mason, publicadas en 1975 con el título de Bajo la máscara. El presentador del show, John Culpeper, entrevista al autor, Hollis Mason, quien tiene la relevancia pública de ser el segundo de los varios héroes enmascarados que, en los años 40, en EEUU, comenzaron una peculiar cruzada contra el crimen, cada uno por diferentes motivaciones, inspirados por la recién nacida historia de Superman. Mason, que por aquel entonces formaba parte de la Policía de Nueva York, confiesa en la entrevista que el Cuerpo de Policía y su “estilo de justicia” en aquella época no era suficiente para él, así que entrenó sus habilidades físicas, se inventó un disfraz, y comenzó una lucha paralela. Evidentemente, la única diferencia entre una forma de combatir el crimen (la policial) y la otra (como héroe enmascarado) son los límites que impone el Estado de Derecho. A Mason, claramente, le estorbaban esos límites. Le parecía que al margen de lo que garantizasen le restaban eficacia al sistema. Conque, un poco por emulación, otro poco por convicción y algo más por diversión, decide aparcarlos para aproximarse a lo que para él significaba una más eficiente protección de la sociedad.
Si nos centramos en la trama, el libro de Mason sale al mercado en un momento en el que la que podemos llamar la primera hornada de superhéroes – los minutemen- se había retirado hacía unos años (a excepción de El Comediante, que continuaba en activo), quizás mayores, quizás cansados, pero, en cualquier caso, “superados” por la aparición de un “superhumano”, el Dr. Manhattan, y porque la masa social que ingenua los apoyó en sus inicios había comenzado a cuestionarlos. El propio Mason reconoce cómo le influyó a la hora de “colgar la máscara” el hecho de constatar que algunos de sus compañeros eran “tan depravados y retorcidos como los criminales que perseguían”, y hasta el showman imparcial, Culpeper, llega a afirmar que el Dr. Manhattan “da miedo no sólo a nuestros enemigos, sino a nosotros mismos”.
Sin embargo, con la aparición en los años 70 de los “supervillanos”, de gran relevancia mediática, la presencia de esos personajes de identidad secreta que actúan al margen del Derecho vuelve a ser bienvenida por la sociedad norteamericana. De hecho, en el momento de la publicación se había producido ya el relevo generacional- habían comenzado las andanzas de los Watchmen- pero no existía todavía la Ley Keene – por la que el senador del mismo nombre pretende que las actividades de “vigilancia” vuelvan a estar bajo el control del Estado (de Derecho). No obstante, ya se había creado (o recreado) el clima social adecuado para la norma: pintadas que preguntan ¿Quién vigila al vigilante?, criminales que afirman que al menos ellos “dan la cara”, y la vox populi asustada porque en la búsqueda de esa utópica mayor seguridad realmente sólo ha conseguido sentirse más insegura.
Entre los “vigilantes” de esa segunda generación que padecerá la Keene Act y en cuya historia se centra la trama de la película se encuentra Rorschach, un personaje de origen y trayectoria muy diferente a Mason, pero que coincide con él en cuestionar la eficacia del Estado de Derecho en la lucha contra la delincuencia (“el mal”, en su sistema moral de valores absolutos). Un autor, Tony Spanakos , hace referencia al momento en que Rorschach responde a la Ley Keene con una nota en el cadáver de un violador múltiple que “abandona” a la entrada de un cuartel de policía, en la que sólo pone “nunca”. En una palabra, según Spanakos, expresa su opinión sobre el Estado (1. Está permanentemente agrietado- así que mejor “nunca” que “hasta que haya un nuevo presidente”; 2. Falla en su capacidad para ejecutar la ley- él “está haciendo su trabajo”; 3. Carece de la claridad moral necesaria para el juicio y el castigo- él mata al criminal porque lo ve como un demonio por naturaleza, mientras el Estado cree en la posibilidad de que los violadores se reformen).
Salvando las diferencias, estos dos personajes, cada uno a su manera, ilustran muy bien una tendencia para nada superada que cíclicamente (como en el propio film) pide a gritos medidas más expeditivas y eficaces en la lucha contra el crimen (y la protección de la sociedad) aún a costa de garantías en el uso de la coerción y sacrificios en los derechos humanos de los criminales (o de quienes aparecen como tales). Esas “orientaciones”, a mi modo de ver, se producen en dos direcciones:
- Partiendo de la sociedad y sus “portavoces” (periodistas, políticos, etc…), en general tras crímenes especialmente atroces ante los que puntualmente (o no tanto) el Estado se puede ver impedido para expurgar responsabilidades precisamente por la necesidad de sujetarse a unos “límites”.
- Con origen en el propio Estado-legislador, que en ocasiones adopta “estrategias” que se apartan claramente del tradicional Derecho (penal, en este caso) garantista: tipificación como delitos de actividades de mera asociación, ampliación de las facultades de la policía, limitaciones al derecho de defensa, injerencias en el derecho a la intimidad de las comunicaciones, flexibilización de la carga de la prueba, negociación de las penas, impunidad de arrepentidos y delatores… o, en algunos casos, directamente, con fraude de ley o abuso de Derecho.
A lo largo de este trabajo he intentado reflexionar y dar respuesta a si la eficacia puede ser un pretexto para la reducción de garantías, o si, como concluye Watchmen, hay que temer al “vigilante” al menos tanto como al criminal. Para ello, he analizado el posicionamiento de la película en esta materia; he desarrollado y ejemplificado las dos líneas en las que en la actualidad se puede observar esta tendencia (la de oponer garantías a eficacia), expuestas más arriba, y he colegido que el modelo garantista es imprescindible, pues los principios en que se sustenta son en sí mismos los fundamentos del Estado de Derecho, el cuál perdería legitimidad si para mantenerlo partimos de su negación. Además, es excesivamente simple y arriesgado suponer que más poder en manos de quienes nos protegen nos haría sentir más seguros.
Del “tal vez me equivoqué” de Hollis Mason al “nunca” de Rorschach.
Entre los dos “vigilantes” de las dos generaciones existen ciertamente muchísimas diferencias, aunque hayan podido coincidir en algún momento en su apreciación de la ineficacia del Estado de Derecho para combatir el crimen. Hollis representa al hombre socialmente integrado, procedente de una familia de granjeros de Montana, alguien educado de forma tradicional, con una base moral simple y pragmática. Rorschach (Walter Kovacks), sin embargo, es todo lo contrario: un ser complejo, oscuro, atormentado, apocalíptico… Alguien que creció en una familia desestructurada, sin cariño, y con la educación poco personalizada que supone su estancia en un centro de menores. No obstante, ambos sufren en un primer momento una transformación similar (aunque mucho más extrema la de Kovacks). Hollis Mason comienza militando en las filas del Estado de Derecho (como miembro del Cuerpo de Policía), pero a los pocos años y debido a los acontecimientos que más abajo analizaré, comienza a creer que ese “estilo de justicia” no es suficiente para él. Por su parte, Rorschach, comienza su carrera como enmascarado simplemente colaborando con el Estado de Derecho, poniendo a los delincuentes a disposición de sus engranajes, hasta que un día cambia el chip y decide que hacer por sí mismo todo el trabajo es más eficaz y eficiente. Pero, hay una gran diferencia en su evolución posterior: mientras el Buho Nocturno percibe cómo lo que parecía bueno, útil, eficaz y correcto puede deslizarse hacia crímenes tan horribles como los que se trata de combatir en nombre de la justicia, Rorschach se radicaliza en su papel de legislador, juzgador y ejecutor, y muere como tal, sin un atisbo de autocrítica (de hecho, caricaturiza a los “compañeros” que acatan las normas del Estado de Derecho).
Pero vamos a empezar por Mason. The Culpeper minute nos presenta al ex – policía y ex – “vigilante” como un chico nacido y criado en una granja de Montana que a los 12 años se traslada con su familia a Nueva York. El choque de realidades entre el rural y la Gran Manzana experimentado por sus familiares le es transmitido por su abuelo: “la gente del campo es más sana que la de la ciudad, por su forma de vida. Allí se ayudan unos a otros”. En la ciudad comienza a vivir realidades que hasta entonces le eran desconocidas, especialmente la delincuencia callejera. A todo esto hay que añadir su afición a las novelas de ficción baratas, a las que él mismo define como paradigma de “un sistema de valores absolutos, donde el bien no se ponía en duda y el mal merecía el castigo que se merecía”. En 1938, la publicación del primer número de Superman le dejó “sin habla”. Por aquel entonces ya era policía, y, en sus propias palabras, la visión del superhéroe “le orientó hacia una nueva forma de luchar contra el crimen”, idea que cobraría forma con la lectura en la prensa de las andanzas de Justicia Encapuchada, primero de los justicieros enmascarados que inician la cruzada contra el crimen y que en seguida comienzan a proliferar y a adquirir repercusión mediática.
Llegados a este punto quizás haya que preguntarse (al margen de las motivaciones personales de cada uno de los enmascarados) por la razón de la inicial simpatía hacia estos “héroes” callejeros, que al principio simplemente se ven como la “competencia de la policía”, sin mayores críticas. Las noticias en prensa de cómo Justicia Encapuchada había abortado un intento de atraco, o Silueta destapado el negocio de un editor corrupto que trabajaba con pornografía infantil (y dado una paliza brutal a él y a sus dos cámaras) en principio pienso que podrían no haber resultado especialmente repugnantes a ojos de la opinión pública porque, al igual que las intervenciones de Superman, se refieren a delincuentes in fraganti. Es decir, que se minimizan los efectos negativos de un poder actuando sin ningún tipo de garantías de los derechos, o sin control, por la inmediatez del crimen que se estaba perpetrando que hace más difícil, aunque no imposible, la comisión de “errores” (“en lo que está (o aparece como) claro, no hay que interpretar”).
Las primeras reacciones de los ciudadanos de Nueva York hacen hincapié en el aspecto legitimador de la eficacia. Comentarios del tipo: “el problema es un poco del Departamento de Policía. Si copiaran un poco lo que hacen esos héroes enmascarados no necesitaríamos héroes” o “a mi me da igual quien venga a salvarme el pellejo, un enmascarado o un poli, siempre que venga alguien cuando yo pido ayuda” parecen ir en esa línea. No da miedo, en principio ese ejercicio del poder no reglado.
Volviendo a Hollis, él mismo atribuye el inicio de su doble vida a que “le divertía, era lo correcto y disfrutaba como un enano”. Afirmaciones como ésta han llevado a algún autor entre los que han analizado desde alguna perspectiva filosófica el comic a considerar al primer Buho Nocturno como alguien sin ideología, sin grandes ideas morales pero sí poseedor de un sentido básico de la decencia, que no sé muy bien como hay que entender, si no es como “sentido común”. Su kiosquero en la ficción parece redundar en esa idea, al señalar que “es un poli, sabe distinguir el bien del mal, no le van esos rollos intelectuales, es un gran hombre”. Entonces, al margen de otros personajes “vigilantes” que son construidos por sus creadores desde algún punto de vista ético, con el ánimo en cierto sentido de hacer crítica a esos posicionamientos morales (deontologismo, utilitarismo), Mason es un exponente del sentido común racional y básico, con fundamento en la educación familiar recibida, al que a veces la experiencia práctica obliga a revisar sus postulados. Tal vez podría encajar – como señala Mark D. White para el segundo búho, en la aristotélica ética de la virtud, aquella que encuentra el enfoque correcto en el “justo punto medio” (la virtud) entre dos extremos (vicios). Pudiera ser, en atención a aspectos como su valentía atrapando delincuentes – pero que se desinfla con las mujeres, o su capacidad para ver el mal tanto en un director que trabaja con pornografía infantil como en su compañero Edward Blake. No obstante, contamos con poca información sobre sus acciones para valorarlo.
Mason se ve a sí mismo como alguien que hace lo correcto (y, en cierto modo a sus compañeros también: “hacíamos demasiadas cosas buenas en nuestra comunidad como para que nos ignorasen sin más”), pero también es de los primeros en darse cuenta de los excesos que se podían cometer en nombre de la justicia, o por la amoralidad de algunos de sus “colegas” (el Comediante), aspectos ambos que denuncia en sus memorias y que en cierto modo motivan su retirada. Como se pregunta Culpeper, “Mason no se arrepiente de lo que ha hecho, ¿pero es justificación suficiente su propio código moral para calzarse una máscara y comenzar a repartir justicia?”. En cualquier caso, frente al infantilismo (e incluso exhibicionismo) de sus inicios en las labores de “vigilancia”, Hollis Mason es ejemplo de gran claridad de ideas con su retirada. En primer lugar, es capaz de darse cuenta de la contradicción que supone la aparición del Dr. Manhattan: La existencia de un ser con poderes sobrehumanos trabajando para el Gobierno, lo que visto desde la ética del “vigilante” debería constituir la panacea en la lucha contra el crimen (de forma que hasta ideas como la guerra quedan obsoletas), pero que realmente da miedo (un miedo terrible, una inseguridad que se te metía hasta los huesos). Es decir, que “asusta” el poder sin control. En segundo lugar, toma conciencia de que algunos actos de “los vigilantes” son tan depravados y retorcidos como los de los criminales que persiguen. En cierto sentido está dando entrada al concepto de “falta de legitimidad”.
En la otra banda tenemos a Rorschach, de quien también comenzaremos haciendo un poco de historia, en la medida que resulta pertinente al tema. Se nos presenta a Walter Kovacks como el hijo de una prostituta que creció sin padre y sin cariño. A los 10 años, golpea a unos compañeros de colegio, lo que provoca su internamiento en un centro de menores, donde recibe cierta educación y desarrolla aún más odio a su madre y cierta idealización del padre ausente (y a su través, de las que él cree que son sus ideas pro Truman). Cuando sale y comienza a trabajar como sastre en una tienda de ropa sucede algo que resulta determinante en su decisión de convertirse en “vigilante enmascarado”: el asesinato de una mujer italiana en el que tuvo mucho que ver la irresponsabilidad (falta de implicación) de sus vecinos. A raíz de este suceso, Kovacks comienza a radicalizar sus teorías sociales, en base al disgusto que le reporta el egoísmo inherente en esos vecinos, que hace extensivo a toda la sociedad. Le repugna el crimen pero también la respuesta social ante él. Así comienza sus andanzas, cubierto con una máscara de un material especial diseñado por el Dr. Manhattan y muy vinculada a dos aspectos: el asesinato de esa mujer y su sistema de moralidad absoluto, de extremos (el bien y el mal, blanco y negro, como las manchas de los test de Rorschach). Como en la definición de “superhéroe” de Coogan , en este caso también el disfraz está muy vinculado a sus motivaciones e identidad secreta. De hecho, Rorschach nos hace pensar en una especie de Batman llevado a sus extremos de psicopatía (ambos crecen sin padres, ambos comienzan en “ello” por su repulsión a lo que significa el crimen, ambos actúan desde fuera del Estado de Derecho porque éste “no funciona”, y los dos escogen una identidad de ficción vinculada con el hecho determinante de su “misión”). No obstante, aunque con habilidades de investigación y de lucha ligeramente desarrolladas, Rorschach no posee “superpoderes” ni la “supertecnología” de Batman.
Al principio, se conforma con colaborar con las fuerzas del orden, pero a raíz de otro caso en el que interviene (un pederasta que secuestra a una niña, la agrede sexualmente, la asesina y finalmente se la da de comer a sus perros), modifica su actitud. Se da cuenta del abismo de valores en el que se encuentra la humanidad, donde el único bien y el único mal es el que él se trace, y, con esa base, comienza a concentrar en sus manos legislación, juicio y ejecución. Nunca más confiará en el Estado para esas labores, y su respuesta ante la Ley Keene ya la conocemos (así como su triple significado). A diferencia de Mason, nunca vio los “riesgos” que ello entrañaba, y su línea de crítica a los “colegas” es la contraria: Los que han aceptado la Keene Act han dado la espalda a su “misión”, se han “vendido” .
Los posicionamientos filosóficos de Rorschach han sido analizados desde múltiples puntos de vista, no todos relevantes para el tema de este trabajo. Es, sin duda, el personaje que más comentarios ha generado, y destacaré a continuación algunos de estos posicionamientos:
- Para Jacob M. Held Rorschach ejemplifica la teoría retribucionista del castigo, según la cuál los malhechores han de ser castigados sólo porque han hecho mal. El retribucionista da a cada uno lo suyo. El culpable del mal causado debe ser castigado con otro mal de las mismas dimensiones (proporcionalidad), sin más motivos que hacer justicia. Desaparecen todos los fines de la pena o del castigo (ni reeducación o resocialización, ni prevención general, ni prevención especial). Ni siquiera la protección de la sociedad debe de guiar la punición del culpable. El retribucionismo no es consecuencialista (no se justifica por sus resultados), sino que descansa más bien en un deontologismo kantiano. El criminal ha de ser tomado como un fin en sí mismo, y nunca como un medio (como alguien con dignidad que merece respeto). El castigo se dirige a proteger y reproducir un orden moral (el de Rorschach, desde el incidente con el pederasta), porque “este mundo que vaga a la deriva no está moldeado por vagas fuerzas metafísicas. No es dios quien mata a los niños, ni es el destino quien los despedaza, ni la casualidad quien los da de comer a los perros. Somos nosotros. Sólo nosotros”. (…) Entonces renací, libre de garabatear el diseño sobre el lienzo en blanco que, en cuestiones morales, es este mundo. Era Rorschach”.
Evidentemente el Estado no es retribucionista. El Derecho criminal estatal tiene otras orientaciones y principios, destacando entre ellos la reeducación y resocialización del delincuente (que ha sido definida como la forma más segura de obtener la paz social), y, la prevención general y especial. Los fines retributivos de las penas en sistemas como el español no existen (y esto es algo que no contenta a todo el mundo, como le sucede a Rorschach).
Las principales críticas contra el retribucionismo se centran en el “problema de aplicación”: ¿Cómo determinamos qué se merece cada uno? ¿Quién determina el justo castigo? ¿Quién determina qué valores morales deben ser afirmados y cómo? Además, como le sucede a Rorschach, la arrogancia moral puede hacer que se vaya de las manos, con lo que realmente sí es necesario un sistema de controles (el que un Estado de Derecho sano ha de poseer necesariamente). Más o menos correctamente, un Estado de Derecho no debilitado sí da respuesta a estas cuestiones. Evidentemente, si el Estado es endeble, o corrupto, como sucede con la Gotham City de Batman, o México, o Colombia – y los mecanismos de control no funcionan- se pervierte el argumento.
- J. Robert Loftis aporta al análisis que Rorschach a menudo usa el deontologismo para racionalizar sus acciones, pero, realmente lo que hace es deformarlo para “justificar” su brutalidad fascista. Para el deontologismo los fines nunca justifican los medios, las personas nunca han de ser tomadas como medio, sino como fin. Las acciones no son ni buenas ni malas en sí mismas, sino que todo depende de la buena voluntad del actuante. Esa es el único bien: la voluntad de hacer el bien.
Pero todo esto degenera en el caso de Kovacks en un “pensamiento dicotómico”, lo que le lleva a desconocer el valor intrínseco de las personas (o es bien, o es mal, y si es mal ha de ser castigado, sin más matiz… ni respeto a la dignidad humana ni al derecho de defensa, ni a ningún otro derecho). Es decir: hay que ejecutar a quienes él considera que no merecen seguir en el censo de los vivos, sin defensa ni argumento. La verdad es que sí se parece bastante a un totalitarismo (donde el Estado lo puede todo sin dejar ningún espacio libre de su poder a los ciudadanos, es decir, donde no hay derechos humanos). Como afirma Loftis, la verdadera razón por la que Rorschach no es realmente un deontologista es que falla en no mostrar respeto a las personas (la segunda formulación del Imperativo Categórico de Kant: Actúa de una forma en la que trates a la humanidad como te gustaría ser tratado a ti, siempre como un fin y nunca como un mero medio). Entonces, el respeto a las garantías penales y procesales por incidir directamente en la dignidad y respeto de la persona del criminal nos acerca más al ideal deontologista.
“Placas contra máscaras”: ¿Son los “vigilantes” más eficaces que los policías?
En el universo Watchmen la presencia de los justicieros enmascarados y su lucha contra el crimen no reglada acaba por prácticamente convertir en superflua a la policía de los Estados Unidos. Ésta, al ver amenazada su existencia por la “competencia desleal”, convoca una huelga en el año 1977 cuyo lema es “placas, no máscaras”, que resulta duramente reprimida por los propios “vigilantes”, y que remata con la Keene Act, que, como sabemos, les obliga a registrarse, retirarse o trabajar para el gobierno.
Pero, ¿por qué resultan tan “efectivos” los “vigilantes”? Sólo con detenernos en la investigación de la muerte de Edward Blake, el Comediante, advertimos cómo Rorschach llega en pocas horas más allá de lo que la Policía nunca lo hará. Evidentemente, ni Rorschach ni ninguno de los enmascarados necesita una orden judicial para registrar un domicilio, y bueno, si sabemos lo que opina Kovacks de la tortura (“Dame el meñique de la mano de un hombre y conseguiré información. El ordenador sí que es algo innecesario”), podemos imaginar el respeto que le merecen las detenciones ilegales, el secreto de las comunicaciones, el derecho a un abogado o a un juicio con todas las garantías. Al margen de apreciar las múltiples contradicciones del personaje de ficción (a veces el fin no justifica los medios, pero a veces sí) que parece que cada vez nos adentran más en la senda del fascismo pero que no es (aunque sí en parte) objeto de este trabajo, cabe cuestionarse si realmente una sociedad está más protegida así.
Pues bien: la conclusión de Watchmen es que no. La historia está llena de claves de denuncia en ese sentido de principio a fin, que, además, resumen a la perfección las principales líneas de crítica desarrolladas por la doctrina:
- El uso de la cita de la sátira VI de Juvenal – Quis custodiet ipsos custodes?- como reacción y respuesta de la sociedad americana al miedo y desconfianza que le generan los justicieros enmascarados.
- La sugerencia de un posible efecto inverso al buscado (aumento o mayor atrocidad de los crímenes). Es el “supervillano” Moloch quien aporta este razonamiento a raíz de la aparición del Dr. Manhattan y su posible ulterior repercusión en la criminalidad: “Cuando vives en un mundo con figuras de autoridad de una naturaleza sobrehumana tienes que rebelarte a un nivel superior, ir más allá. (…) El mundo necesita su equilibrio. El enemigo del Dr. Manhattan llegará pronto”.
- La posible “perversión” o “desvío” en la conducta de los “vigilantes”, perfectamente ejemplificada por el comediante o Rorschach.
- La inseguridad y el miedo ante el poder sin límite ni control.
Y sí, tal vez Watchmen sea un retrato certero (aunque esto no deja de ser una opinión). Olvidándonos de la presencia de héroes actuando al margen de las normas e imaginando a un Estado al que se intenta dotar de mayor contundencia para la protección de la paz social permitiéndole sobrepasar ciertos límites o carecer en ocasiones de controles (de manera total o selectiva), pudiera ser que sí obtuviéramos el efecto inverso (de hecho, tenemos el ejemplo real de los Estados totalitarios).
Señala Luigi Ferrajoli que “la fuerza insustituible del derecho no consiste ni en la fuerza bruta ni en la fuerza militar, como la que se manifiesta en la tortura o en la guerra. Reside, al contrario, en la asimetría entre Derecho y crimen, entre respuesta institucional y terrorismo. Sólo esta asimetría, de hecho, es capaz de deslegitimar el terrorismo como crimen, neutralizarlo políticamente, aislarlo y debilitarlo social o moralmente”. Sensu contrario, cuando las instituciones descienden al nivel de la criminalidad el que se reblandece es el Estado.
Salvando las distancias, el “mundo real”.
No sé si tan sólo es impresión mía, pero aunque Watchmen date de 1985 el debate que plantea ni estaba obsoleto entonces ni lo está ahora. Cíclicamente, y ante cierta problemática criminal enconada (como el terrorismo en España), la delincuencia organizada o algunos crímenes puntuales excepcionalmente atroces ante los que el Derecho parece mostrarse limitado para depurar responsabilidades (caso Marta del Castillo, por ejemplo), aparentemente por la necesidad de sujetarse a ciertos límites a efectos de garantizar determinados derechos constitucionalmente reconocidos, resurgen las “voces” críticas al garantismo en pro de la “eficacia” en la lucha contra el crimen. Las garantías del Derecho sancionador son vistas como facilitadoras de la impunidad de los delincuentes y hay quienes piden más contundencia en varios frentes, como el endurecimiento de las penas, la reintroducción de los fines retributivos del castigo, o la admisión selectiva (en los supuestos más graves o repugnantes para la sociedad) de la disminución de las garantías penales y procesales (lo que ya resulta más preocupante). Desde periodistas que recriminan a la Audiencia Nacional que sea “comprensiva” con los terroristas , al echar por tierra en su aplicación del derecho todo el “eficiente trabajo” de los cuerpos de seguridad que los detuvieron, a ciudadanos que sostienen que la policía debería haber hecho “cantar” a los presuntos asesinos de Marta del Castillo, o la escasa repulsa de parte de la sociedad ante las torturas a terroristas islámicos en Guantánamo.
Comencé indicando que son cíclicas porque, al igual que sucede en la película, obedecen a coyunturas circunstanciales, ideológicas, etc… y, también igual que en el film, se contrarrestan con la tensión contraria: las reacciones críticas ante cualquier avance del Estado que suponga la negación de garantías (por citar un ejemplo, las frecuentes denuncias de Amnistía Internacional, aunque tengan poco o ningún peso).
Pero estas tendencias también han ido encontrado calado en cierto sentido en el propio Estado-legislador, que en ocasiones adopta “estrategias” que se apartan claramente del tradicional Derecho (penal, en este caso) garantista: tipificación como delitos de actividades de mera asociación (cita en este sentido como ejemplo Luis Andrés Vélez Rodríguez el artículo 340 del Código Penal Colombiano: “Cuando varias personas se concierten con el fin de cometer delitos, cada una de ellas será penada por esa sola conducta, con prisión de tres a seis años”); ampliación de las facultades de la policía; limitaciones al derecho de defensa (la presunción de veracidad de las denuncias de los agentes); injerencias en el derecho a la intimidad de las comunicaciones (intervención de las comunicaciones con los abogados); flexibilización de la carga de la prueba; negociación de las penas (conciliación en el ámbito penal, sentencias de conformidad); impunidad de arrepentidos y delatores (narcotraficantes en España)… o, el llamado “principio de oportunidad”, en algunos casos directamente con fraude de ley o abuso de Derecho. Por ejemplo, cabe citar al respecto de esto último, la alegación del principio de oportunidad por la fiscalía colombiana para no investigar el homicidio perpetrado por el guerrillero “Rojas”, quien asesinó a su jefe- Iván Ríos- en marzo de 2008, llegando a cortarle una mano para acreditar su identidad ante el gobierno colombiano, el cual llegó a prometer que le entregaría una recompensa millonaria.
Señala Ferrajoli que tal cosa es una contradicción en sí misma. Si la represión y el castigo de los criminales se dirige a proteger y reproducir un orden moral, el que supone el Estado de Derecho, entonces “(…) la ruptura de las reglas del juego se invoca (…) para tutela de las mismas reglas del juego; el Estado de Derecho se defiende mediante su negación”.
Conclusiones
Llegados a este punto es perfectamente coherente sostener que la lección de Watchmen en esta cuestión es que, incapaces de sopesar a priori qué produce más inseguridad (y correlativamente miedo), tiene sentido el intentar minimizar los posibles abusos o daños irreparables a personas inocentes que sí pueden ser de antemano previsibles, es decir, los que podría cometer el Estado en aras de la eficacia en la lucha contra la criminalidad sin garantías.
Una segunda impresión final podría ser que la supresión de garantías en la protección de los derechos más directamente vinculados con la dignidad humana y el respeto no tiene porqué llevarnos necesariamente a una mayor eficacia (sino todo lo contrario), pues un Estado de Derecho que se deslegitima se debilita. Si entendemos que ese Estado de Derecho es la plasmación del sistema de valores que queremos que se nos aplique como individuos, no podemos defenderlo por su negación.
En cualquier caso, cualquier opinión dependerá en gran medida de la visión personal que cada uno tenga del Estado: máquina burocrática, lenta, corrupta e insensible; o vigilante eficiente, basado en un sistema de poderes que se controlan y equilibran, y en el respeto hacia los Derechos Humanos. Por supuesto, también de lo fuerte o débil que sea cada Estado de Derecho sobre cada territorio, lo que en gran parte se supeditará a la legitimidad en la que se sustente o que haya perdido.


BIBLIOGRAFÍA

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